EL COLLAR DE LA PALOMA




Obrad como si no me hubierais conocido nunca, que yo también obraré como si no me hubieseis conocido ni amado.


miércoles, 7 de septiembre de 2011

Pitufando

No deja de ser una ironía que me genera la mala conciencia eso de que en mitad de la vorágine, sientas mucha calma. Casi felicidad. Por ver cumplidas algunas profecías que significan, a pesar de todo, que quienes la dijeron tenían esa inteligencia que casi nunca se encuentra.



Tampoco deja de ser una ironía rendirse a la evidencia contudente de algo en el día de hoy, justo cuando menos ganas dan de rendirse ante nada y cuando menos se debería. Pero hay causas perdidas de verdad, momentos que no se cambian, rencores que no pasan y energías que de nada sirvieron, probablemente.



Va por ustedes, claro. Una vez más constato que de nada sirve la buena fe y que casi siempre ganan los malos. Menos en la película de Los Pitufos que vi este verano con mis sobrinos. No debí salir de la sala.

miércoles, 10 de agosto de 2011

La cocina de verano



Cuando vuelvo por aquí, me doy cuenta lo rápido que pasa el tiempo. Casi sin sentir. Lo abandonado que lo tengo. Y es que el verano me está dejando sobre todo una languidez tontorrona, casi de princesa de cuento, de mareo y sopor, de tontuna absoluta, en definitiva. Pero es agradable. La mayoría del tiempo lo divido entre sueño, lectura y cocina. Dedico largas horas a dormir (no precisamente las ortodoxas), largas horas a leer (preferentemente la madrugada) y unos buenos ratos a cocinar: magret de pato, pastel de puerro, empanada, berenjenas rellenas en aceite de oliva, lentejas con todo su aliño, la tradicional tortilla de patatas, espinacas en varias versiones, lasaña, moussaka. No recordaba un verano tan creativo en lo gastronómico desde hace tiempo. Se ve que me provoca felicidad y me relaja lo de cortar un puerro.


domingo, 19 de junio de 2011

Cuerpo de jota

Estas mañanas de domingo me ponen eso que tradicionalmente se conoce como cuerpo de jota. Cierta flojera matutina, ese desperezarse sin control, sin medir los tiempos. Sin querer saber de citas ni de teléfono. Posiblemente sea para mí la etapa más dura del año. No termina de verse aún el descanso, las cosas siguen girando, pero el cuerpo y la mente quieren ir girando en otra dirección. Flojera dulzona donde te consientes todo como en las mañanas de verano de la adolescencia cuando todo el desafío era ver qué maldad cometerías esa tarde y a quién querrías y a quien ibas a comunicarle que le dejabas de querer.


La sensación es la misma salvando que ya casi entramos en la cuarentena y que llega la hora en que te preguntas qué te toca hacer hoy. Siempre sale algo. Pero la flojera dulzona es la misma. Idéntica.

sábado, 18 de junio de 2011

No me sale

Hoy me preparo para ver a alguien a quien aprecio y que está sufriendo. Si para algo no sirvo en la vida es para darle consuelo a nadie. No valgo. No puedo. No me sale. No me salen palabras que no me creo ni esperanzas que no existen. No sé falsear las palabras para que todo parezca mejor o más dulce, al menos. No creo en el Más Allá, casi ni en el Más Acá, no creo en la resurrección de los muertos, ni casi me da para creer en quienes dicen estar vivos y eso parecen (al menos, se mueven y respiran). No me enseñaron a mentir y aprendí bien la lección. Supongo que para mi desgracia y la de otros.

domingo, 29 de mayo de 2011

Siempre pido una hora más de cordura que de vida

Esa frase está sacada de La memoria de las hormigas, de Iolanda Batallé, que es el libro que me ocupa en estos días. Y viene a resumir muy bien lo que pienso en mí y en quienes quiero cuando pienso en mi vida y en mi muerte. Pienso siempre que hay cosas que se podrían hacer insoportables (la lista de males puede ser infinita) pero si hay una idea que se me hace insoportable es justamente ésa: perder la memoria, la conciencia de mí misma, la cordura. Pedir una hora más de cordura que de vida es a lo único que aspiro. Y lo único que deseo a quienes quiero. Llegar hasta el final con la plena conciencia de sí mismo, con capacidad de decidir lo que se quiere o lo que no se quiere y sabiendo quién es quién.

Así se fue mi padre: escribiendo hasta el final, razonando hasta el final como un reloj. Y cuando ya dormía, incluso en el sueño que interrumpió para despedirse, sabía quién era. Quiénes éramos, quiénes habíamos sido y lo mucho que la vida nos había regalado.

Así quiero irme yo. Un día, de golpe y sabiendo quien fui. Una hora más de cordura que de vida.

No estoy

Decía Benedetti en ese último libro, Biografía para encontrarme, aquello de no estoy, por favor, digan que no estoy, por una vez en tres semanas, quiero meterme en mis paredes, solo y al aire, sin pedidos, sin exigencias de ocasión...


Creo que es eso lo único que me apetece decir. Por favor, digan que no estoy.

miércoles, 18 de mayo de 2011

Extraño mayo

Por diverso. Intenso. Como todo este 2011. Todo lo que sucede me saca del sopor que arrastraba a finales del 2010. Casi, de hecho, ni me acuerdo del estancamiento aquel. El 14 de enero, el 25 de enero, el 20 de febrero y ahora el 15, aquí. No daremos casi para abarcar el calendario y las conmemoraciones como esto siga así. Se me ocurre reemplazar a los santos oficiales por estas fechas del 2011 para compensar los siglos de hegemonía católica sobre los actos del día a día. Se me ocurre que podíamos cambiar la Semana Santa por la caída de Mubarak, con su poquito de celebración en el Tahrir o plazas de ese calibre. Se me ocurre que la Natividad podíamos ir cambiándola por la caída de Ben Alí. Vistamos a unos santos para desvestir a otros. Por variar. Por no aburrirnos. Por mantener la emoción. Incluso hay vida en España. Incluso hay aún esperanza. Hay seres atrevidos y atravesados aún por un hilo de vida en la puerta del Sol de Madrid y en otros lugares. Dicen que han acampado allí. Seres que piden cosas raras. Seres que no tienen trabajo, ni ganas de votar a gente que les engaña. Un fenómeno paranormal se está produciendo en nuestra patria: por fin, hay seres quejándose de lo que les pasa, gente amontonada por esa razón y no ha habido partido de fútbol ni nadie ganó a nadie. Donde hay vida, hay esperanza. Me gustan esos seres, no lo puedo remediar. Están provocando un extraño fenómeno paranormal.

Me gusta el 2011. No lo puedo remediar.

martes, 10 de mayo de 2011

Las tardes del Rabue

A estas alturas del año y durante mi vida en Siria, me encantaba pasearme hasta los restaurantes del Rabue, a la salida de Damasco, pedir unas entraditas para picotear al aire libre, charlar hasta altas horas de la noche y regresar caminando a casa. Se ponía hermoso Damasco a estas alturas del año. Me pregunto con pena por sus calles y sus gentes. Reconozco que la nostalgia me está ganando la partida y que daría algunas cosas por poder estar allí. Y a pesar de todo, por ser quien fui. Sobre todo porque había alegría en las tardes del Rabue y serenidad, porque estaba todo por hacer y todo estaba por llegar.

viernes, 29 de abril de 2011

Me duele

Me duele el alma estos días. Me duele Siria.

domingo, 24 de abril de 2011

A veces...

A veces me pregunto por qué el televisor es un aparato que siempre me ha sobrado (de hecho, no lo tengo en casa) y, sin embargo, el ordenador es un aparato del que no puedo prescindir y con el que hago, podría decirse, una gran parte de mi trabajo y gran parte de las comunicaciones personales. Pero no sólo eso. Podría pasar horas muertas buscando cosas por Internet, leyendo historias, yendo, viniendo. Sin embargo, la televisión me aturde, me aburre, me hace sentirme idiota y sobre todo, me indigna su presencia omnipresente en restaurantes, bares, casas privadas. La escuchas, quieras o no quieras hacerlo. Y si pides que se baje el volumen o que se apague, se te mira como si estuvieras pidiendo algo inaudito. No digo nada si declaras no tener televisor en casa (como si fueras snob de nueva hornada cuando la realidad es que ya la odiabas desde el vientre de tu madre). Venía hoy pensando que si hay dos aparatos imprescindibles en mi vida son, sin duda, el ordenador y el coche. Me fastidiría enormemente prescindir de alguno de ellos. Prescindiría de televisor y microondas (de hecho, no los tengo en casa), del teléfono móvil (con todo el gusto del mundo), pero me costaría no tener el coche cerca y el ordenador. Y pensando en esto, mientras conducía, he llegado a la conclusión de que hay aparatos que me provocan sensación de sumisión y otros de libertad. Creo que ahí está la clave.

martes, 19 de abril de 2011

Compañero del alma, tan temprano...

A las aladas almas de las rosas del almendro de nata te requiero, que tenemos que hablar de muchas cosas, compañero del alma, compañero...


domingo, 10 de abril de 2011

Mal diseño

Cómo atraviesan las palabras. Sin querer, andaba haciendo recordatorio esta noche de las palabras que más me han dolido. Hacía el ejercicio también de recuperar las que más me han alegrado. Es curioso, ni de lejos, recuerdo la textura de las últimas como la de las primeras. De las primeras, creo, se queda todo. El momento, la persona, la cadencia, la mirada, el impacto. Se repiten como mantras a lo largo de los años. Vuelven una y otra vez. Hieren como su pronunciaron. Se quedan retumbando en la memoria. Las otras apenas ya saben a nada. Se diluyeron, las que alegraron, no alegran. No sirven. Las que dolieron siguen doliendo del mismo modo. Es y me resulta extraño el efecto pero las que debí haber olvidado, me siguen rondando. Las otras no vienen a paliar el desastre. Creo que por eso cada día me esfuerzo más por evitar que me hagan daño con la palabra. Con hacerlo yo misma. Es lo único que no se logra olvidar. Lo otro, pasa ligero y no alivia. Así de mal diseñada está la memoria.

sábado, 9 de abril de 2011

Frío

Últimamente, se da la casualidad de haber conocido la muerte en accidente de tráfico de un joven al que no conocía más que de oídas.

Aparte de la tragedia, y en este mundo internetiano, donde todo o casi todo puede saberse, conocía por casualidades diversas su página de facebook. Da frío, escalofrío, tropezar con ella por distintos motivos. Está suspendida en este universo virtual donde nos conocemos y nos hablamos como nunca imaginaron nuestros abuelos y parada en la fecha en la que sucedió la tragedia.

Nada se mueve, hay silencio, las caritas de los amigos están ahí también suspendidas y el silencio, será eterno. Dejamos ahí estos rastros, en twitter, facebook, blogs, correos electrónicos, supuestamente indelebles. Supongo que al paso de unos cuantos años, nuestros descendientes los verán cómo vemos nosotros los dibujitos de Altamira. Se hace extraña la idea: quedarse ahí suspendido, sin un hoy, sin nada qué decir, nadie que responda, con el silencio por delante hasta siempre. Y el dilema: podría eliminarse con más o menos dificultades. ¿Habría que hacerlo?

Me provoca frío encontrarlo cuando navego. Y dudo de qué querría que hicieran conmigo en el mismo caso.

domingo, 3 de abril de 2011

No te conozco

No te conozco de nada pero sé que hace unos días se te quebró la vida por mitad de tu espalda, lejos de casa, lejos de los tuyos. Decir que puedo saber por lo que estás pasando y pensando sería una arrogancia inaudita. No lo sé. Decir que de todo se sale sería otra: en realidad, creo que no se sale nunca de nada pero estamos aquí. En realidad, siempre he creído que se carga con cada cicatriz y con cada fardo que nos toca, sin remedio y hasta el final. Otra cosa será que aprendamos a caminar torcidos o con el gesto arrugado. Pero de nada se sale indemne y sin arrugas.

Tu cicatriz será grande, irremediable, de por vida. Una línea clara con un antes y un después. Cuando tus piernas se movían y cuando han dejado de hacerlo. No naciste así. Has conocido la libertad absoluta de ir con ellas hasta donde quisiste y la vida quiso llevarte. Decidir levantarte o no, girar o no a la izquierda o derecha, montar en bici, bajarte. En suma, con ellas has perdido también la libertad que mamaste ya en la cuna.

Y no sé qué decirte ni qué pensar. Desearte suerte, tal vez. Ya ni siquiera fortaleza. Suerte. Suerte a secas. La suerte de que vayas encontrando agarraderas en lo que queda de camino para olvidar que un día estuviste en el sitio equivocado, probablemente con la persona equivocada y en un tiempo que no te correspondía. Probablemente, suerte te deseo. Para olvidar el daño que te han hecho. Para inventarte una nueva libertad que venga a aliviarte las cicatrices del cuerpo.

miércoles, 30 de marzo de 2011

Un regalo

Un regalo que hoy me hicieron y que me apetece compartir. Donde pongo la vida pongo el fuego de mi pasión volcada y sin salida. Donde tengo el amor, toco la herida. Donde dejo la fe, me pongo en juego. Pongo en juego mi vida, y pierdo, y luego vuelvo a empezar, sin vida, otra partida. Perdida la de ayer, la de hoy perdida, no me doy por vencido, y sigo, y juego lo que me queda: un resto de esperanza. Al siempre va. Mantengo mi postura. Si sale nunca, la esperanza es muerte. Si sale amor, la primavera avanza. Pero nunca o amor, mi fe segura: jamás o llanto, pero mi fe fuerte. Ángel González

lunes, 28 de marzo de 2011

20 euros

Hoy, a la salida de la estación de Atocha, le he dado veinte euros a un hombre que decía venir de África, que no hablaba español, que decía haber perdido un tren y tener que coger un autobús para Barcelona y que lloraba y temblaba. No llevaba encima más que una mochila pero el temblor y el llanto eran reales. Inevitablemente, por el escenario y la situación, no he podido dejar de recordar la famosa escena del timo de la estampita. Por un momento, miré a izquierda y a derecha, por si me estaban grabando o por si veía algo anómalo.

De pronto, he pensado que lo más normal era pensar que el tipo decía la verdad. Que si el tipo decía la verdad, era verdad que necesitaba veinte euros. Que si yo le tenía delante y era un tipo correcto y educado, no tenía por qué no creerle. Sin darle más vueltas, le he dado los veinte euros. Timo o no, el llanto y el temblor eran reales. Y por veinte euros, no me vengo a mi casa pensando que no lo hice. Si fue una estafa, eso lo pienso ahora, tampoco nadie me obligó a hacerlo. Ni fui obligada, ni fui presionada, ni nada en la situación me obligó a sacar los veinte euros.

Si no lo fue, el tipo estará llegando a estas horas a Barcelona y a lo mejor cuenta que alguien le ayudó. God bless you, me dijo al irse. En cualquier caso, hoy tengo veinte euros menos y, lo puedo asegurar, ningún remordimiento que ofrecerle a la noche.

Es lo que hay.

jueves, 24 de marzo de 2011

La de los lirios

Hoy es jueves lo que no deja de ser una buena noticia porque significa, inevitablemente, la proximidad del viernes. Cosa obvia pero que me gusta decir por aquí porque así recuerdo que las semanas tienen sus días y que, incluso, hay fines de semana que llegan. Otra obviedad, claro. Pero me lo escribo para terminar de creerlo. Que no es poco.

Escucho en este jueves que la portavoz del gobierno sirio dice que va a haber cambios. Si a la de Túnez se la llamó la revolución de los jazmines, bien podríamos llamar a este la oferta de los lirios, que pensará este jovencito que alguien le cree en su país y fuera de él. Lástima del pueblo sirio y lástima de todos sus males. Tres discursos, tres y espero que caiga también. De oca en oca y tiro porque me toca. En homenaje, claro, en homenaje al pueblo sirio va esta entrada.

lunes, 21 de marzo de 2011

Reencuentro

Hoy reencontré por la red de redes a una persona cuya última imagen para mí era la de una niña de no más de once o doce años. Impresiona el reencuentro, saber que la niña ya no existe, que es una madre de familia, que se acuerda de ti con pelos y señales y que sabe de trozos de tu infancia cosas que tú misma no recuerdas. Son casi treinta y dos años de vuelta al pasado por mi parte y provoca cierto vértigo. La cabeza recuerda ahora palabras, gestos, calles, risas, paisajes. Momentos de mucha seguridad. Todo lo que tenía que pasar, pasó después. Entonces no pasaba nada. Se vivía, se reía, todo era eterno, ibas y venías porque era así y ni de lejos se pensaba en una separación porque todo duraba para siempre y era hermoso en mis recuerdos infantiles.

Vértigo y felicidad. Trozos pequeños de hace demasiados años pero que pudieron haberse perdido. Me alegra el reencuentro.

sábado, 19 de marzo de 2011

Siempre

Siempre podré contar a mis hipotéticos nietos y potenciales amantes que estuve en Túnez a los treinta días de la caída de Ben Alí y en Egipto a otros tantos de la salida de Mubarak. Puede que para ese momento mis nietos no sepan ni quién era Ben Alí ni el sórdido Mubarak o que mis potenciales amantes estén poco interesados. Pero a mí me dará igual: cual abuela cebolleta o Mata Hari rediviva contaré estas cuestiones porque me llenan de orgullo. En un único sentido: el de poder haber sentido de cerca la valentía, la nobleza, la alegría, el temor, por qué no pero la esperanza en los ojos de tanta gente.
Así que quien avisa no es traidor. Ojo a mis hipotéticos hijos y nietos y a mis potenciales amantes. No os pongáis a tiro porque entro en una etapa de mi vida en que, amén de casi cuarentona, me convierto en el terror de las narraciones. Y con mucho gusto. No en vano lo que está sucediendo no es algo pequeño. Más bien todo lo contrario.
Prepárense, pues y huyan en cuanto puedan.

Una mañana normal

Lo que se dice una mañana normal: léase, levantarse en mi cama, desperezarme como una sultana, no escuchar despertadores ni teléfonos de hoteles llamándome para coger un taxi a ningún aeropuerto, una cafetera (mi cafetera), un café (el que yo he elegido y no el agua clara del buffet del hotel), en estado de semidesnudez (es lo que hay), el sol brilla, las nubes se levantan, los pajarillos cantan.
Y tiempo, tiempo sobre todo para no hacer nada. Para ducharme o no. Para vestirme o no. Para pensar o no. Para lo que me venga en gana.
La gloria, ¿no?